Mujerongas

Reflexiones cotidianas II (La oreja)

Mayo 6, 2012 § 4 comentarios

Como cuando uno comienza a enamorarse y lo que nos mueve por dentro va más aprisa que lo que sucede por fuera. Una impresión, opuesta a cualquier razón o inteligencia, avanza al descaro como un capricho infantil guiado por una intuición que nace –o resucita- de la nada. Devoción, sería la palabra exacta.

Esa tarde cuando se subió a mi coche sonaba un bolero que cantaban Gema y Pavel. Llevábamos queriéndonos poco, menos de veinticuatro horas, y si dejábamos de vernos unos minutos enseguida patinaba sobre lagunas en cuanto a ciertos rasgos físicos y gestos, aunque recuerdo haber mirado, cautivada, su oreja izquierda. En ese orden comencé a memorizar su cuerpo. Era la primera vez que había puesto mis ojos sobre ella y recuerdo haber pensado eso mismo, que nunca antes había visto esa oreja, ni una parecida. Estaba reconociéndolo, igual que en una cita médica. El tamaño, la forma indiscutiblemente rara y sin duda peculiar de una oreja, las suyas en particular, llenas de vericuetos que nacían y morían sin precisar borde ni esquina. Esa oreja a cuyo cuerpo ya mi alma pertenecía irremediablemente. Se podría decir que ambas orejas, pero esa en especial era mía. La nuestra fue una relación que comenzó, se prolongó y finalizó en mi coche; era yo la que siempre conducía y esa era la oreja con la cual siempre coincidía. Esa oreja era más allegada a mí que cualquiera de mis propias orejas que apenas he estudiado con indiferencia.

Podía verme a mí misma desde afuera analizando ese órgano de alguien casi desconocido, que horas antes llevaba una vida que poco tenía que ver con la mía. Ni imaginarme que a partir de ese momento el equilibrio en nuestro mundo dependería de una sonrisa en común o una leve expresión en sus ojos o mis labios entumidos, un grito, un silencio, una duda. ¿Lo habrá sabido él entonces? Yo sí, lo supe al instante. Un precipicio se abrió de pronto y me lancé, llevándolo conmigo. Desde ese fondo en el que nos arrastrábamos supe que la oreja era la culpable, la que marcaba un antes y un después.

Luego le acaricié la nuca y descubrí ese nódulo inexplicable que no he encontrado en nadie más. Metí los dedos dentro de las dos orejas raras y de un fisonomía medio romana, como su nariz —y hasta me atrevería a concluir que eran atractivas. Me detuve en sus mejillas ardientes, acicaladas con una arruga profunda en vertical por el lado izquierdo. Tenía muy cerca sus ojos, sus labios carnosos y anchos, demasiado anchos, demasiado carnosos. Si apartaba la mirada un segundo todo perdía sentido. Fue ahí cuando supe que ya me había encadenado, que lo iba a querer demasiado, que lo iba a abandonar todo por él, que cambiaría el curso de mi vida con tal de estar lo más cerca posible de ese extraño; disponible en cuerpo y alma, vaya. Un imán. Su cuerpo era ese imán, y cada cosa que salía de su boca me atraía hacia él, hacia su caos.

Apenas el día antes había amanecido en mi casa sin el menor reparo, sin mi permiso y sin tocarme. Cuando me desperté ya ronroneaba por la sala, y me agradó su presencia, su suavidad, la calma y el orden que imponía en tan poco tiempo, la prudencia y a su vez el atrevimiento en su justa medida. Esa apariencia de que dos seres tienen una larga historia aunque en realidad se acaban de conocer. Ah, sí, ahora lo recuerdo, estaba parado frente a la meseta de la cocina cortando unas frutas e hirviendo agua para preparar un té. La tetera, las tazas y la azucarera ya estaban sobre la mesa. Y él frente a la tabla de cortar, inclinado, casi besándola, tajaba con esmero una pera y unas fresas. Qué manera tan hermosa y delicada de trocear las frutas en tamaños exactos, de embellecer dándole nuevas formas a lo que ya era bello. Todo aquello me parecía una elaboración perfecta, una celebración de los rituales de la comida y del placer.

Salpicó algo de azúcar sobre las fresas y eso me causó gracia. Sólo a un caribeño se le ocurriría. Nos sentamos a beber el té y a mordisquear las frutas. Me sacó de entre los diente una semillita de una de las fresas y tras examinarla se la tragó. Alguna cucharada llevó a mi boca sonriente, mientras descifrábamos la música de mi Ipod, reparando, hojeando entre libros regados por ahí y por allá. Pasamos en eso varias horas, horas en las que podía sentir cómo calaba dentro de mí de la manera más irritante: la permanente, —y en lo más profundo, pero esa parte no la supe hasta mucho después. Era el accidente que no se podía evitar, porque no es para todos el milagro de un gran amor, ni tampoco la desdicha en la cual suele convertirse.

Y lo dejé allí sentado, en la orilla de una calle donde alguien lo recogería más tarde. Huí sin mirar atrás. Aquello de pronto me pareció una emboscada sentimental. Pero él se había quedado conmigo y el vacío en el asiento del copiloto se hizo gigante. ¿Cómo podía hacerme tanta falta alguien a quien acababa de conocer? Marqué el número de su amigo con urgencia y fue él quien respondió. Necesitaba expresarle mi súbita necesidad, y lo hice en forma de broma. Él, en cambio, se mostró serio. Luego esa noche, cuando nos volvimos a encontrar, ya estábamos cogidos mutuamente, como dos aguas que desembocan en un mismo río. Una metáfora sobada a la que justo entonces le pude dar sentido.

Nos sentamos en la terraza de un café. No nos podíamos ni mirar a la cara y menos a los ojos, disimulando algo de pudor. Le pregunté que por qué no se atrevía a mirarme a los ojos y él me respondió que estaba nervioso. Esas preguntas previsibles y sosas que nos nacen casi por inercia ante la locura que se supone que es enamorarse desesperadamente de un ser a quien acabas de conocer y que además te corresponde… y todo lo que podría ser raro, es raro, pero compensado por alguna lógica inaudita. Me rozó un hombro con el meñique medio torcido de su mano izquierda (ese perfil que era el que me gustaba a mí: el de la oreja, la arruga y el dedo jorobado) y me estremecí. Uno se vuelve tan vulnerable en esas circunstancias. Supongo que advertía lo que venía: el beso. El primer beso que se demoró una eternidad, y que cuando por fin llegó duró el doble y concluyó con esa oreja izquierda metida en mi boca.

Todas esas canciones melancólicas que suenan cuando estoy triste, cuando estoy contenta, cuando estoy bien y cuando estoy mal, son la banda sonora que completa este puzzle. Mi enredo, mis grandes amores, o el gran amor que luego pasa a ser parte de los recuerdos, a veces inexactos y a veces tan reales que desarman y queman como algo abominable. Pero que en definitiva, abren paso a esa larga y benévola certeza de un orden rotundo e incondicional que justifica una vida bien vivida, o en todo caso, vivida al máximo, aun a merced de la demencia y del vacío.

Eso no es lo único que me ha dejado: hay un cuadro, hay una libreta llena de apuntes, hay también un albornoz de rayas que apenas me asomo se monta sobre mi cuerpo, muchos libros, y uno en particular que leo en este preciso momento y en cuyas páginas se cuenta la historia de un hombre que es el vivo retrato de su imagen, una historia que también ha sido nuestra historia y la historia de todos los que alguna vez hemos amado a alguien tanto o más que a nosotros mismos.

Ilustración: Eduardo Sarmiento, Love at first sight, 2010.

El hombre y el miedo

Abril 29, 2012 § 7 comentarios

Le preparas un café y se lo llevas a la cama. Te tumbas a su lado y le pasas la mano por la espalda, le das un suave masaje próximo a los riñones, donde insiste el filo de una punzada clavada desde hace ya meses. Lo mimas, le demuestras un camión del sosiego que tanto le urge a ese hombre marchito, a punto de expirar, que ha sido a veces un ser mezquino pero también tu padre. Dejas que te hable de todo lo que le falta, ni siquiera se le ocurre enumerar lo que le gustaría tener, sino lo que ya nunca más tendrá. Perder a veces es más necesario que ganar. Y tú ahí, tan llena de vida, de planes, de amor. Pero qué descompensada te sientes, qué tristeza tan profunda ver la derrota definitiva de un ser humano, la suya en particular, porque aunque con desfachatez e irremediable desquicie, ha sido la pura encarnación de la vitalidad, la plenitud, la pasión y la devoción, y a causa de esas inclinaciones, aunque afligida, le guardas respeto.

Su piel verdosa y reseca se deja comer por heridas y grietas. Le untas aceite de almendra y con las yemas de tus dedos das pequeños toques mientras diseminas la grasa, casi la estiras como una piel líquida e invisible que cubrirá la otra tan maltratada. Más bien son casi caricias, ya hoy en día cualquier acercamiento es doloroso. Le peinas el cabello, que no es mucho y lo que queda está estropeado, requemado por la cantidad de terapias y tratamientos químicos, venenosos, a los que milagrosamente ha sobrevivido durante todos estos años sin el menor esfuerzo, convirtiéndose en un caso para ser estudiado, aseguran los médicos. Es lo único que se atreven a asegurar en esta etapa final.

Nada de lo que digas o pienses podría interesarle, importarle o al menos motivarlo, que es a fin de cuentas tu propósito. Él se ha convertido en una especie de válvula de escape: salida sin entrada. Suelta códigos y quejidos. Aborrece tu intelecto intacto y sólo le interesa recibir tu energía y tu serenidad, aunque se te escapa la nostalgia, que no puedes evitar y que es como un mecanismo para no enloquecer, para poder seguir sirviendo de muleta que acompaña a un moribundo hasta el borde del abismo que cada vez está más cerca. ¿Y qué harás cuando le tengas que dar frente?

Lleva en las malas casi una década y en las últimas un par de años, pero ahora definitivamente se encuentra en las últimas-últimas. El dolor agudo cuando es ajeno sólo se puede comprender mediante la compasión, y aun así es una compresión que se constata a ciegas, calculada a través de un sentimiento fuera de nuestro alcance y de nuestra realidad, pero cuyas normas nos han pasado de generación en generación como herramienta que nos permite ofrecer atención y cuidados a quien perece lentamente de una enfermedad tan brutal. No existen las referencias sino una especie de misericordia que reúne y ubica con una cierta prioridad aquellos elementos innatos de supervivencia con los cuales podemos contar para no desplomarnos del todo en vista de la adversidad que se aproxima… y, cuando él te mira con esos ojos llenos de miedo.

Los días se resumen de una forma muy parecida. Llenas la botella de agua del tiempo —la fría le quema la lengua y el cielo de la boca—, cuelas un café, preparas una taza de leche con chocolate, calientas una sopa que seguramente dejará a medias. El aseo personal, las citas médicas, los tratamientos casi inútiles, los traslados de un lugar de la casa al otro, la lucha perenne con los olores. Ya la cocina ha dejado de cumplir funciones, y más bien los alimentos se preparan y se cuecen en una hornilla ubicada en el patio lejos de las puertas y las ventanas para controlar los malditos olores, los que en otro momento lo hacían salivar, porque además de enfermo también ha sido un goloso y un gozador.

Siempre pensaste que los finales estaban llenos de intervalos fundamentales, de conversaciones decisivas, de despedidas inolvidables, pero en fin, has comprobado que los finales son abruptos e inconsistentes, y por naturaleza imperfectos. Deberías aclarar las cuentas, cuadrar la caja. Supones que ese es el consejo de quien no cuadró su caja o de quien nunca ha atravesado una situación similar. ¿Qué podrías decirle a un hombre que cada bocanada de aire que intenta aspirar es como un azote? Lo sensato es escuchar, asimilar su desdicha con resignación ya que él no lo consigue.

Te mira con detenimiento y titubea sobre un asunto. Hay cosas que debe decirte, aunque no sean las que tú quieres oír o las que necesites saber. Abre los ojos casi en un estado de demencia y habla en términos de meses y de semanas; a más no se atreve, ya los años han dejado de contar, de ser relevantes en su vida. Las observaciones y reflexiones de los enfermos terminales son muy parecidas a las de los niños, inspiradas en fantasías y en lo imposible, descartando el factor más importante: el tiempo, que va y viene como una suerte de viento caprichoso.

Lo invade nuevamente una fatiga y descansa unos minutos. Luego te explica cómo ocuparte de algunos asuntos referentes a tu madre. Quisieras, si pudieras, llevarle la contraria, aclararle que lo que no se hizo en vida ya no vale la pena gestionarlo en medio de apuros, que el momento para resolverlos fue otro. Tal vez algunas cosas se podrían aclarar, solventar, pero a él sólo le preocupan las que no tienen solución, las que de hecho se necesita una vida entera para reparar. Maldita arbitrariedad. Te desgarra su cobardía y al mismo tiempo sabes que no tendrías la fuerza que desde tus adentros le exiges a él para obrar de otra forma si estuvieses en su lugar. El miedo ahora es un monstruo gigante, es como un demonio que se ha apoderado de él por dentro y por fuera.

Enojo es lo que te sobra estando ahí. Teniendo en cuenta que él es el moribundo, intentas controlarte. Lo conoces y sabes que ahora, precisamente en el último instante prefiere tomar un atajo, poner orden, arreglar en un segundo las décadas que han transcurrido y que para ti han sido como una eternidad. No se trata de un gavetero desordenado que con desmontarlo y volver a montarlo las piezas caen en su lugar sin el más mínimo reparo a la última vez que abriste esa gaveta. Juzgarlo de esta manera te abochorna. ¿Te atreverías a ser honesta y enfrentarlo, a desviar sus ideas enloquecidas hoy mismo y a llamar cada cosa por su nombre ahora que lo tienes frente a ti? Permaneces absorta en la paciencia y especialmente en el momento. Lo que más te irrita es la forma en que te trata, como si fueras una extraña o una compañera de trabajo, y nada de lo que diga podría afectarte, pero te afecta, porque aquella preocupación del desenlace que está a punto de ocurrirle a tu madre, también te ocurrirá a ti. Tú, al igual que ella, estás a punto de perderlo, y él continúa ignorando el efecto de esta pérdida, como tantas otras cosas a través de tu vida.

Es demasiado, tu cuerpo no sabe qué hacer, aguantas un poco más. Se te llenan los ojos de lágrimas y las enjugas discretamente. También el sudor que te corre por la sien y el cuello. Allí en su habitación hay mucho calor, pero él siente frío; es comprensible.

Mientes y vuelves a mentir. ¿Qué sentido tiene llevarle la contraria? Sonríes con ternura, enderezas el cuello de ese pijama que lleva algún tiempo siendo su más preciada indumentaria, y desvías el tema de conversación a uno no menos desagradable pero en todo caso más habitual. De vuelta a los quejidos, a las anécdotas de otros enfermos en peores condiciones que la suya, al círculo vicioso de un dolor tras otro, la falta de aire, los escalofríos, las fatigas y los decaimientos, la inapetencia, y sobre todo, la impotencia, el malestar en cada zona de su cuerpo, el tormento en la cabeza, el desafío de cada mañana y cada día que debe enfrentar lleno de dolencias, porque por más insólito que parezca ése es el tema que a él más lo consuela, y de esa misión nadie puede librarte.

Reflexiones cotidianas I

Abril 24, 2012 § 5 comentarios

Día de Jury Duty. En otras ocasiones me he encontrado embarazada o de viaje, pero esta vez no me quedó más remedio que presentarme para cumplir con las obligaciones que se me exigen como ciudadana de este país que me ha acogido con cariño, como dicen por ahí. El sistema está diseñado con un orden impecable, y cientos de personas se amontonan a esperar a que les toque su turno sin saber cuándo los llamarán o si los llamarán siquiera. Es nuestro deber, ya lo sé, pero estando ahí uno percibe muchas ironías de esta vida, y de lo intangible que suele ser la libertad absoluta, puro alarde. Presumo que algunos en el salón, como yo, han ido con intenciones de fallar, de desacreditar ante un juez su propia inteligencia y coherencia, y en cambio hemos ensayando en casa opiniones tontas y personales que colocarán el caso en una situación comprometida. Como resultado, es probable que nos manden a casa lo antes posible y tal vez hasta nos tachen de esa la lista para siempre.

Entro a una habitación que está acomodada para la gente que desea trabajar o conectarse a la internet, aunque la señal es bastante lenta y desaparece de manera súbita e intempestiva. Cada cual está en lo suyo y hay un silencio que me reconforta, en medio de esa sala helada y rodeada de concreto tan indeseable cuando el día está tan hermoso allá afuera. Me pongo a corregir el manuscrito por la milésima vez, aunque con frecuencia miro en derredor y suelo distraerme confabulando a través de observaciones nimias. De hecho, son pocas las distracciones y ése parece un sitio ideal para reparar mis erratas, o errores, porque en realidad son grandes y algunos llegan a ser irreparables. Un hombre ya mayor entra y se sienta en mi mesa y comienza a conversar por teléfono con una amiga, al parecer. Se concretan varios asuntos, en su mayoría personales. Me irrito ya que he perdido toda concentración y ahora me interesa más la vida del extraño y su interlocutora que el trabajo retrasado que me dispongo a terminar antes de que acabe la semana, o el mes, o el año, quién sabe a estas alturas. Un sonido aislado es casi peor que el vocerío unánime de un grupo de personas, como he podido comprobar una y mil veces.

El señor cuelga e inmediatamente comienza a marcar otro número. Una muchacha sentada en otra mesa lo interrumpe y le pide que salga al otro salón más amplio donde aguarda el resto de las personas que no necesitan conectarse o trabajar en silencio y disfrutan de la película que pasan en los televisores, y desde donde se puede hablar por teléfono todo lo que se desee. Otros apoyan a la muchacha que exige discreción. El señor sale indignado con su teléfono en mano y busca por todas partes el cartel que supuestamente indica que en ése cuarto no está permitido hacer llamadas. Minutos más tarde vuelve a entrar con cara de ingenuo y nos aclara que no sólo el cartel no existe, sino que afuera no se puede hablar porque es imposible escuchar por encima del cotilleo espantoso de la gente y la risotada impredecible de Sandra Bullock en The Proposal. Alguien le explica que para nosotros es imposible trabajar por esos mismos motivos que él acaba de exponer. Éste, más indignado aún, se da la vuelta y tira la puerta resuelto a no volver, y no vuelve. La mayoría de la gente es así, indiferente al mundo y sus regulaciones cuando de su comodidad se trata.

Me levanto y abandono mis cosas personales brevemente confiándoselas al señor sentado en la mesa de al lado y con quien he tenido un fugaz intercambio de palabras acerca del maleducado e imprudente que nos concierne a todos aquellos que presenciamos su malcriadez, que si no fuera por los demás, a mí hasta me habría resultado graciosa.

Me dirijo a la pequeña cafetería y pido un cortadito. Tenía ganas de beber un café americano, bien aguadito, pero teniendo en cuenta lo oscuro que se ve y cuán obvio es que lleva un buen rato requemándose, decido aventurarme. La dependiente que se encuentra entretenida mirando algún programa matutino en el televisor pequeñísimo que está en la esquina izquierda del mostrador, me pide que espere a que salga la otra señora del baño, la que sabe hacer el cortadito. Debo estar equivocada pero hasta yo que nunca antes había visto la máquina podría preparar un cortadito sin lugar a dudas. Cuando por fin la señora sale del baño, al cabo de un rato considerable, me distrae una sospecha inmediata porque no todo el mundo se lava las manos antes de abandonar el cuarto de aseo, pero me parece que la mujer es haitiana, y siempre he pensado que los haitianos son gente limpia y de fiar en la cocina. Apenas su compañera le informa sobre mi pedido, se las lava, eso sí, en muy pocos segundos, ni siquiera ha hecho espuma el jabón. Enseguida agarra un jarrito lleno de café y comienza a prepararme el cortadito. Le pido con un tono amable aunque impaciente que vuelva a colar otro jarrito, sin embargo insiste y me confirma algo enardecida que ese que tiene es fresco, acabadito de colar, como si le acabara de pedir que obrara un milagro sobre la cafetera. Insisto, y con mala cara la haitiana cuela de nuevo. Pienso en aclararle que el café hecho luego de veinte minutos se oxida, y además, no sabe igual, pero no se lo digo, con pensarlo basta. Sirve el cortadito de mala gana en una taza frágil, casi de papel, al parecer. Aun así tiene mala pinta porque sé que la leche que usó no es la primera vez que la calienta, ni es la mejor leche. Cuando lo pruebo, sabe raro, a detergente o algún producto parecido; $1.35 en la basura.

Regreso al mismo salón muerta de frío. ¿Por qué siento tanto frío? Llevo puesto mi abrigo de lana que compré en Umbría hace unos años. Es un abrigo que abriga, pero en estas oficinas pareciera estar desnuda, mientras que hay mujeres desabrigadas, y hasta con sandalias, y el termostato indicando 60 grados no parece molestarles en lo más mínimo. Detesto el frío interior al cual uno está normalmente sometido en esta ciudad el año entero.

Me puse a conversar bajito con otro hombre que se sentó en mi mesa reemplazando al del teléfono. Poco a poco fueron llamando a todos y a media mañana ya apenas quedábamos él y yo. Un ingeniero colombiano que vive de sus ideas. Soy un inventor, me asegura con dotes de excelencia. ¿Qué es un inventor?, pregunto intrigada, con la imagen de Robert Fulton o Graham Bell divagada en mi cabeza. Alguien que ejecuta sus ideas, que las realiza, las materializa. Claro, eso lo sabía, pero por alguna razón escucharlo es refrescante, especialmente si en efecto, tengo frente a mí a un inventor. Me cuenta sobre algunas de sus creaciones, realmente es ingenioso el hombre. Ha creado un calzado femenino que se dobla por la mitad para ahorrar espacio y además el talón adquiere altura según los gustos. La parte de la suela es flexible y el tacón se puede colocar en tres posiciones diferentes, desde lo plano hasta unas cinco pulgadas. Me parece innecesario, la verdad, y sospecho que la mayoría de las mujeres preferimos tener tres tipos de zapatos con tres tipos de tacones, en vez de invertir tanto dinero en un solo par, porque además, la gracia vale por tres pares de zapatos, como mínimo. Sin embargo, no revelo mi opinión y por el contrario, estimo su voluntad.

Como buen inventor, de mujeres sabe poco. En cambio, le comento mis ideas, los inventos que yo he soñado efectuar antes de morir. Por ejemplo, una máquina de hacer cosquillas que reemplace la mano humana, y que se le pueda cambiar las herramientas a diferentes velocidades, tactos y temperaturas. El diseño sería parecido a los equipos que utilizan en el dentista, con silla incluida. También le hablo de la máquina del tiempo que tengo pensada, para movernos de un lado a otro con más rapidez y menos costo desde nuestra propia casa. Ahí no he sido nada creativa y la cabina que he imaginado sería muy parecida a la de un ascensor, pero es cierto que la fabricación de dicho aparato presenta problemas más que grandes, digamos, en el contexto de nuestra realidad, y se nota en la cara del inventor. Hablo, además, de un lugar idílico para tomar siestas a cualquier hora del día, lleno de literas y sonidos de delfines, situado en Lincoln Road, en el que uno pueda pagar por descansar unos minutos o un par de horas a lo máximo. También le comento sobre una píldora especial que todavía no existe, la del mal de amores, como una especie de Xanax para apasionados en recuperación. Ah, eso sí sería un invento, nos haríamos millonarios, exclama el inventor siguiéndome la corriente. ¿Por qué ha de existir una pastilla para absolutamente todo en esta vida y cuando de desdichas amorosas se trata persiste el mismo modo a la antigua? Tiempo es lo único que nos cura, es cierto, y no la duración normal, no, es un tiempo especial, más duradero que cualquier otro tiempo. Porque en efecto, las horas son larguísimas en esos estados emocionales. ¿Por qué ya no se ha inventado un químico que apacigüe esas calamidades, que borre las referencias y los olores de nuestro disco duro? Porque el amor es como la muerte, un misterio, concluye el inventor, sin mucho ánimo para respaldar mi proyecto emocional ante lo irremediable y descorazonado que resulta ese asunto.

A ninguno de los dos nos llaman, ni antes ni después del almuerzo, que no ha sido corto y no sólo hemos bebido más de la cuenta, sino que hemos llegado con retraso a la corte para el turno de la tarde. Nos despedimos como dos grandes amigos y no nos volvemos a ver, luego de habernos pasado lucubrando casi ocho horas, y de intercambiar señas personales e ideas maravillosas.

Recuerdos de Lincoln Road

Junio 16, 2011 § 1 comentario

…en penúltimos días